
La supuesta muerte de Leonardo Dicaprio empezó a sonar hace quince años, sobretodo por internet, donde se decía que Leo había sido encontrado muerto en su casa.
El mito cuenta que la señora de la limpieza habría encontrado el cuerpo del actor en su casa de Hollywood. Sobre la mesa descansaban varios botes vacíos de somníferos y, tras conocer los resultados de la autopsia, su muerte habría sido declarada oficialmente un suicidio.
Se decía que después de Titanic, Leo no había encajado bien convertirse en un ídolo de masas adolescente, ya que con solo 18 años había sido nominación al Oscar por interpretar a un discapacitado mental, sentía que había dado un paso en falso en su carrera.
Su no nominación al Oscar en 1998 por su papel de Jack en Titanic había supuesto un duro golpe para él. Más tarde, el Razzie por su interpretación en El hombre de la máscara de hierro había terminado de hundirlo en una profunda depresión de la que solo supo salir con los pies por delante.
Cuando muchos fans habían aceptado la supuesta muerte, ocurrió algo perturbador... Si Leo ya no se encontraba entre los vivos, ¿qué hacía en diciembre de 2002 en el estreno de su última película? Y lo más importante, ¿qué le había pasado en la cara?
Los rumores volvieron a dispararse en portales como MSN groups y Live Journal: Leo había sido reemplazado. El actor era un icono y perderlo le habría supuesto a la industria perder también también millones de dólares.
Las fechas coinciden. Casualmente, el último papel relevante de la carrera de Devon tuvo lugar en el 2000, cuando protagonizó el blockbuster de terror adolescente Destino final. Sospechosamente, a partir de ahí su filmografía se resume en papeles secundarios irrelevantes y cameos que nadie recuerda, hasta caer en el más absoluto de los olvidos y desaparecer definitivamente de los créditos de Hollywood.
Las malas lenguas dicen que Devon fue sometido a varias intervenciones de cirugía plástica para hacer sus facciones más parecidas a las de Leo. No obstante, la genética es la genética y el hecho de que Leo ya no fuera Leo podría explicar por qué aquel efebo de los noventa ha acabado pareciéndose más a un personaje de Torrente que al de un mito griego.

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